Mi vida en la granja..
Vistiendo jeans, camisa y botas de plástico negro, tipo calzado para recoger el arroz. El pelo al aire, en una cola, y las líneas de los ojos más marcadas por la larga contemplación al sol. Mis pecas son más y más oscuras y tengo las uñas cortas arropadas de tierra ahora.
Estoy parada, una mano en la cintura y la otra cubriendo mis ojos de la luz brillante. Busco en la lejanía a mis perros. Los puedo escuchar apenas y sé que están cerca del rio, refrescándose luego de haberme acompañado durante toda la mañana en mi visita por el huerto, por el jardín, por la caballeriza y por el establo. Dándoles de beber a las plantas y quitando sus hojas secas y dándoles de comer y beber a los caballos y las vacas y a los cerdos y las gallinas.
Uno de mis gatos ahora está acariciando mis piernas y maulla recordándome que hoy no he tenido mucho tiempo para añoñarlo. Me siento en el cesped junto con los arbolitos que acabo de sembrar. Aún se ven enanitos y débiles pero mañana ya estarán mejor.. elevándose al sol y meciéndose con la brisa fresca de la primavera. Le paso la mano al minino y se la vuelvo a pasar. Sólo existe el fango de mis botas, el verde de la grama, el suave pelaje de mi gato y su mirada clavada a la mía.
Pronto el salvaje domesticado se satisface y se sienta a mi lado, en atención a los ladridos de sus amigos canes. Yo me paro y tomo mi sombrero de paja que descansaba en la carretilla que también contiene la pala y el rastrillo, las piedras y el abono, la regadera y las semillas. Ya sí puedo verles correr en nuestra dirección pero se detienen. Entonces me doy media vuelta y camino hacia la casa en el tope de una montaña verde espectacular.. como el verde nunca soñó ser. Aceleran su paso y nos alcanzan.. están sedientos pero contentos con su aventura de final de tarde.
Las vacas están afuera al igual que los caballos y las yeguas. Puedo percibir su olor a brisa, a árboles y paja, a tierra, sudor y estiércol, a felicidad, satisfacción y libertad. Sé que esos animales hermosos me entienden cuando les hablo. En sus ojos oscuros con pestañas largas de color café brillante comprendo cuando me escuchan cuidadosamente y asienten o cuando me ignoran porque no están de acuerdo con lo que explico. Se mueven entre ellos y las vacas no paran de rumiar y los caballos no dejan de mover sus labios. Algunas garzas están sobre ellos cuidándolos de posibles huéspedes.
Entro a mi hogar y paso hacia la terraza. Me siento en mi mecedora particular y cierro los ojos. Mientras oigo el crujir de la madera, el soplar de la brisa, el respirar de mis boxers, el ronroneo de mi gato, el trotar de mis caballos, el mugir de las vacas, el cacarear de las gallinas y el resoplar de los cerdos, sonrío. Abro de nuevo y veo todo más brillante, más nítido, más lejos de la ciudad.
Mientras ato mi cola siento que todo ha valido la pena. Alcanzo un vaso de agua y lo bebo de un solo sorbo. A medida que el agua camina dentro de mí, siento como estoy adentro de todo a mi alrededor y soy realmente feliz.
Estoy parada, una mano en la cintura y la otra cubriendo mis ojos de la luz brillante. Busco en la lejanía a mis perros. Los puedo escuchar apenas y sé que están cerca del rio, refrescándose luego de haberme acompañado durante toda la mañana en mi visita por el huerto, por el jardín, por la caballeriza y por el establo. Dándoles de beber a las plantas y quitando sus hojas secas y dándoles de comer y beber a los caballos y las vacas y a los cerdos y las gallinas.
Uno de mis gatos ahora está acariciando mis piernas y maulla recordándome que hoy no he tenido mucho tiempo para añoñarlo. Me siento en el cesped junto con los arbolitos que acabo de sembrar. Aún se ven enanitos y débiles pero mañana ya estarán mejor.. elevándose al sol y meciéndose con la brisa fresca de la primavera. Le paso la mano al minino y se la vuelvo a pasar. Sólo existe el fango de mis botas, el verde de la grama, el suave pelaje de mi gato y su mirada clavada a la mía.
Pronto el salvaje domesticado se satisface y se sienta a mi lado, en atención a los ladridos de sus amigos canes. Yo me paro y tomo mi sombrero de paja que descansaba en la carretilla que también contiene la pala y el rastrillo, las piedras y el abono, la regadera y las semillas. Ya sí puedo verles correr en nuestra dirección pero se detienen. Entonces me doy media vuelta y camino hacia la casa en el tope de una montaña verde espectacular.. como el verde nunca soñó ser. Aceleran su paso y nos alcanzan.. están sedientos pero contentos con su aventura de final de tarde.
Las vacas están afuera al igual que los caballos y las yeguas. Puedo percibir su olor a brisa, a árboles y paja, a tierra, sudor y estiércol, a felicidad, satisfacción y libertad. Sé que esos animales hermosos me entienden cuando les hablo. En sus ojos oscuros con pestañas largas de color café brillante comprendo cuando me escuchan cuidadosamente y asienten o cuando me ignoran porque no están de acuerdo con lo que explico. Se mueven entre ellos y las vacas no paran de rumiar y los caballos no dejan de mover sus labios. Algunas garzas están sobre ellos cuidándolos de posibles huéspedes.
Entro a mi hogar y paso hacia la terraza. Me siento en mi mecedora particular y cierro los ojos. Mientras oigo el crujir de la madera, el soplar de la brisa, el respirar de mis boxers, el ronroneo de mi gato, el trotar de mis caballos, el mugir de las vacas, el cacarear de las gallinas y el resoplar de los cerdos, sonrío. Abro de nuevo y veo todo más brillante, más nítido, más lejos de la ciudad.
Mientras ato mi cola siento que todo ha valido la pena. Alcanzo un vaso de agua y lo bebo de un solo sorbo. A medida que el agua camina dentro de mí, siento como estoy adentro de todo a mi alrededor y soy realmente feliz.

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